Había un medio poeta, medio gobernador, que decía que su verdadera patria era un almendro. Don Nicolás Estébanez, nos describía detalladamente Unamuno, soñó el universo, y con él soñó la patria al pie de un almendro a la entrada de la Laguna de Tenerife, como otros españoles la soñaron al pie de un roble vasco, de un pino gallego, de una encina castellana o catalana, de un avellano o algarrobo levantinos, de un olivo andaluz o de otro árbol cualquiera doméstico.
Las patrias a veces son grandes o son chicas, dependiendo del sentido que cada cual encuentre sobre su origen, su sentimentalismo o su vaguedad ideológica. La verdadera patria, ya sea un avellano, una infancia o un carácter cultural, no explora los límites de sus fronteras, sino que se hace pequeña, ombliguera, ridícula.

Luego están las patrias del espíritu. Esas son más volátiles y complejas. Cuando creíamos que el verdadero y más grande de los dioses era Zeus, resulta que este solo era minúsculo en comparación con su padre Cronos, y este a su vez, una mota en comparación con su otro padre, el abuelo de Zeus, llamado Urano. Y a su vez, si tiramos del hilo dorado de Ariadna (no del rojo, por favor), llegaríamos a otros dioses, a otros mundos, a otras galaxias lejanas, concluyendo que, por más grandes que sean los cielos, nuestro espíritu carece de grandeza suficiente para abarcarlos, y que requiere, al fin de cuentas, de un pequeño avellano al que mirarse para concluir eso tan manido de que, en verdad, no somos “naide”.
Por eso se crearon los semidioses, aquellos engendrados por los originales Elohim, tan enamorados ellos de las hijas de los hombres. Solo para aprender a amar al almendro. Pero si tiramos más arriba, ahí está Gea como reina de todos los dioses, y luego su padre, Caos, engendrador de todos los mundos y luego… otra vez nosotros, a solas con las sombras de nuestros árboles-totémicos. Y es en esa soledad cuando advertimos que no somos dioses, que somos mortales, y por lo tanto, pronto entraremos en el mundo del olvido. Esa sola idea, cuando la piensas, crea urgencia. Urgencia para ordenar la vida, las relaciones, el mundo próximo. Urgencia para regar nuestro pequeño árbol y, de paso, ayudar a otros a regar el suyo para crear ese gran bosque, ese gran simorg que somos. Antes de que lleguemos al olvido, algo debemos hacer, aunque sea poco, para con nosotros, para con los otros, para con el mundo. Actos de buena voluntad, pero, sobre todo, actos que creen belleza, ternura, amor. No importa de qué manera podamos o no pasar a la memoria colectiva, antes de que pasemos al olvido colectivo. Sea como sea, que nuestra huella, grande o pequeña, ayude al mundo